La noticia estaba madurando hace rato, pero hubo una suerte de acuerdo tácito para hacernos los idiotas. “Ed no está bien”, había afirmado, escueto, el cantante David Lee Roth en enero de este año. Desde la última gira en 2015, el hermetismo y total inactividad de Eddie Van Halen era un indicio claro de que algo no funcionaba. El alcoholismo que había complicado buena parte de la carrera del guitarrista parecía superado, pero el cáncer de lengua y laringe que había sufrido en el año 2000 nunca había dejado de estar ahí, acechante y amenazador. Breves comentarios de allegados confirmaron que este año había tenido que volver a someterse a un tratamiento… “Ed no está bien”.

Cuando Ed sí estuvo bien, edificó una carrera que bien podría dividirse en dos partes. La primera como motor clave en Van Halen, la banda que -con su hermano Alex en batería, David Lee Roth en voz y Michael Anthony en bajo- le dio un sopapo a hard rock americano para inyectarle más frescura, cambiar el tedio por diversión y a base de estribillos con mayor adherencia que el velcro, hacerlo mucho más seductor y atractivo.

La segunda, como un guitarrista innovador y revolucionario como no se había visto desde los días de Jimi Hendrix. Su estilo acrobático y explosivo se manifestó desde el disco debut del grupo en 1978, que provocaba genuina incredulidad y asombro en el oyente. El segundo tema de ese álbum, “Eruption”, era un volcán instrumental a pura velocidad y tapping como no se había escuchado jamás. Fue una bisagra sonora influyente, expansiva y sorprendente que provocó clones en cada sala de ensayo donde se estuviera cocinado rock duro.

Los primeros dos discos de Van Halen son fundamentales, con clásicos como “Ain’t Talkin About Love”, “Jamie’s Cryin´”, “Dance the Night Away” y “Somebody Get Me a Doctor”; los tres siguientes mantienen el alto nivel y MCMLXXXIV, el último de esa etapa, la consagración global gracias a hits como “Jump”, “Panama”, “I’ll Wait” y “Hot for Teacher”. Cada solo de Eddie en cualquiera de esas canciones se convirtió en objeto de estudio ante la sensación de que no podía ser real. Los magníficos primeros seis discos de Van Halen fueron un engañoso manual de hard rock imitado hasta el hartazgo, al que nunca otro grupo pudo hacerle sombra.

Parte de la explicación es que mientras todos escuchaban a Van Halen, Eddie nunca escuchaba a nadie. Nacido en Holanda, hijo de un clarinetista, ya adolescente y mudado a Pasadena, Estados Unidos, pudo desarrollar su habilidad para tocar cualquier instrumento. Comenzó con la batería, pero tras una pelea con su hermano se dedicó a la guitarra. Una vez que descubrió cómo funcionaba ese laboratorio de sonidos, no tuvo freno hasta convertirse en el último gran héroe del instrumento. Su experimentación constante lo llevó a crear su propia guitarra con un cuerpo de una Fender Stratocaster a la que le hizo el espacio suficiente para agregarle partes electrónicas de una Gibson. Así nació la Frankestein, su icónica guitarra, una de las más reconocibles en la historia del rock.

En el derrotero de su banda solo escuchaba lo que componía, mayormente durante las giras. Mientras Roth le hacía un poco más de honor a ese halo de fiesta interminable en las horas posteriores a cada show, Eddie prefería la soledad de su habitación para componer sin otro aditivo sonoro más que lo que surgiera en su cabeza. Ese ostracismo musical lo mantuvo hasta los últimos días de actividad de Van Halen, cuando en una reveladora entrevista con Billboard en junio de 2015 confesó que el último disco que había comprado era So de Peter Gabriel, editado en… 1986. “Sé que es algo extraño, pero así ha sido toda mi vida. No podría hacer un disco contemporáneo aunque quisiera, porque no sé cómo suena la música contemporánea hoy”.

Fuente: https://silencio.com.ar/etc/in-memoriam/eddie-van-halen-el-ultimo-gran-heroe-de-la-guitarra-rockera-49298/